enero 11, 2013

Cortázar, Sabina y yo.

La primera vez que escuché de Sabina debía rondar los diez años. Íbamos de camino a la casa de mis abuelos, en un carrito viejo, largo, color rojo. El vehículo estaba lleno, con mi abuelo, mi abuela, mis padres, mi hermana y mi tía, todos muy bien proporcionados en sus carnes. Las posiciones no las recuerdo bien; pero seguramente mi papá estaba manejando, mi abuela era la copiloto que cargaba a mi hermana, y atrás en un espacio para dos se amontonaban los tres que restaban. Yo, en cambio iba muy cómoda: acostada en el baúl, viendo como pasaba el cielo en el vidrió, con un periódico viejo de compañía, escuchando como los de adelante se quejaban y se compadecían de mí que debía estar muy incómoda, atrás, solita.

Me decidí por leer del periódico dos páginas dedicadas a  un señor barbudo. Su imagen ocupaba, al centro, la mitad de las dos páginas y al ser preguntas y respuestas era muy poco texto. Era una entrevista a Fito Páez. Hablaban sobre el título de la canción  Llueve sobre mojado y mencionaban la colaboración que tuvo con Joaquín. A mí me causó gracia la conjugación de palabras, que seguramente releí varias veces. Con diez años, sintiéndome ya capaz de opinar en cuestiones de adultos; les pregunté a mis papás porqué el periódico decía que esos dos eran tan buenos, si utilizaban un termino redundante (seguramente era un palabra nueva en mi vocabulario). Un huracán había azotado terriblemente el país en esos días, y mi mamá puso como ejemplo la gente que acaba de recuperarse del anterior y ahora le tocaba seguir su vida con éste. Era un ejemplo adecuado a lo que los cantautores querían expresar. Mi papá me explicó que a veces la redundancia es necesaria para dejar clara una idea y que estos dos grandes lo habían hecho con querer, que estaba chiquita para entender ciertas cosas. 

Dos años después, recordaría esa misma frase cuando mi papá me mostró el disco que le había robado a mi tío. Mientras yo me emocionaba con cada oración utilizada en el álbum Mentiras piadosas. Casi la misma emoción que al escuchar la canción de la que tiempo atrás me había burlado y reconocer al tipo barbudo que ya conocía, junto al viejito sabio y buena onda del CD robado, entonando la frase que había encontrado en el periódico viejo de aquel baúl.


En cambio, lo otro, me gustó en un principio. Tenía catorce o trece años, en el colegio llevabamos lso días miércoles la asignación de "lectura" y teníamos que llevar nuestros propios libros.. Aunque me gustaba leer, olvidaba el libro casi siempre, pues esa asignación no tenía importancia. Se usaba como un recreo extra para chismear con los amigos.
 Ese día, como de costumbre no llevé libro, estaba pensado ya a quién pelar, cuando en lugar de la maestra de siempre entró al salón un suplente. Suplente de todo; matemáticas, lectura, gramática, inglés. Un viejito simpático al que yo le guardo mucho respeto, sentimiento que lamentablemente, no comparte conmigo nadie más. Después de hacernos parar, realizar la oración (hecho que en sus suplencias siempre ocurría, sin importar el día, o la hora; él tenía que rezar) y pasar lista; el profesor se dio cuenta de que más de la mitad de la clase no llevaba libro para leer y actuando distinto a como actúa cualquier señor a medio periodo de clase, no nos dejó hablar; al contrario fue por cuentos a la biblioteca y nos obligo a leerlos sentados desde nuestro lugar. 
A mí me tocó leer "La señorita Cora" un texto que me enganchó desde el inicio.. Tanto que no me importó que el recreo terminara. Me quedé adentro los quince minutos, yo quería terminarlo de leer. Tan así que al día siguiente busqué al profesor para que me acompañara a pedirlo a la biblioteca para poder terminarlo, y releerlo hasta cansarme.

Dos años después  me encontraría con el cuento en un libro viejo de mi abuelo, de la colección Salvat. Colección que pasaría a ser mía. "La isla a mediodía y otros relatos", libro 71. 

Intente leerlos todos los, ahora comprendía cómo nombrarlos, relatos. Después de todo si allí se encontraba la encantadora "Señorita Cora" debía ser un libro fenómenal. Resultó que me desencantó el uso de palabras repetidas. No llegué a la segunda página y guardé el libro en el estante junto a sus polvorientos compañeros.

Anteayer terminé de leer Rayuela, que resultó ser uno de los mejore libros que he leído, así como Joaquín Sabina resultó ser mi cantante favorito. Como aún faltan días para entrar a mis obligaciones decidí leer cualquier otro libro, y busqué entre la colección de mi abuelo esperando encontrar, como siempre, algo bueno. Fue muy grata la sorpresa al encontrar entre sus libros uno de Cortázar; y fue mejor cuando noté que de aquél librito justamente, el relato número cinco estaba ocupado por La señorita Cora que me había gustado tanto, hace tiempo, sin saber del boom latinoamericano, de Rayuela, o  del propio Cortázar. Así como me impactó el "llueve sombremojado" en el lecho improvisado del baúl.

Son pequeñas idioteces, yo lo sé. Pero es extraño como esos detallitos se guardaron en la mente de alguien que olvida si ya desayunó o no. A mí manera de ver, de cuando en cuando pasan pequeñeces tan punzantes como éstas, que me inundan de ganas de escribir, soñando que alguien logre ver lo mágico de la situación. Ese chispazo de concordancia que anda por allí rondando en las cosas insignificantes, como una lucecita, como un guiño de Dios.

2 comentarios:

ALA_STRANGE dijo...

aún no he leído RAyuela

:S

reptilio dijo...

Hoy inicio Rayuela :D

"get a job, go to work, get married, have children, follow fashion, act normal, walk on the pavement, watch TV , obey the law, save for your old age,

repeat after me: ´I am Free´"