noviembre 08, 2011

Suspiro y después...

Su rostro estaba tenso, endurecido. De pronto, sin previo aviso, pareció que se aflojaban todos sus resortes, como si hubiera renunciado a una máscara insoportable, y así como estaba, mirando hacia arriba, con la nunca apoyada en la puerta, empezó a llorar.  Y no era el famoso llanto de felicidad. Era ese llanto que sobreviene cuando uno se siente opacamente desgraciado. Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público. Pero, cuando además de desgraciado, uno se siente opaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad.

La tregua, Mario Benedetti

 ( Perdí... yo no sé perder. )

3 comentarios:

Florencia dijo...

Esto es tan verdadero. Nada peor que llorar con las malditas convulsiones y esos hipos que te vienen.

karbohe dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
V dijo...

Pff, yo tampoco sé perder y también he perdido. Qué grande Benedetti.

Muchas gracias por tu comentario.
Saludos:

V

"get a job, go to work, get married, have children, follow fashion, act normal, walk on the pavement, watch TV , obey the law, save for your old age,

repeat after me: ´I am Free´"